El pobre anciano se sentía cansado. Le parecía que cada día de su vida había subido y bajado por el cerro, ya fuera para cortar el monte con su machete, para zurcir la tierra con azadón y piocha, o para cosechar una milpa que con cada siembra daba menos mazorcas.
Sus caites de hule y cuero, de tanto andarla, habían gastado la estrecha vereda que culebreaba entre las peñas. El morral de lana cruda, donde la Tomasa colocaba su bastimento de sal y tortillas, con el ir y venir de cada día, se había roto como sus propias fuerzas, y el pumpo de jícara en que solía llevar el agua que siempre le supo a tierra, vestía telarañas, colgado al haz de la ventana del rancho, porque el de plástico se lavaba más fácil y no se rompía como el pumpo... ni como se le rompía a él el lomo con los costales que se echaba a tuto para venderlos en el mercado por unos cuantos quetzales.
La vida le pesaba como si la hubiera usado entera para tejer el cerro... y el cerro al que estaba atado, que siempre tejió su vida de indio, le pesaba mucho más.
Sus caites de hule y cuero, de tanto andarla, habían gastado la estrecha vereda que culebreaba entre las peñas. El morral de lana cruda, donde la Tomasa colocaba su bastimento de sal y tortillas, con el ir y venir de cada día, se había roto como sus propias fuerzas, y el pumpo de jícara en que solía llevar el agua que siempre le supo a tierra, vestía telarañas, colgado al haz de la ventana del rancho, porque el de plástico se lavaba más fácil y no se rompía como el pumpo... ni como se le rompía a él el lomo con los costales que se echaba a tuto para venderlos en el mercado por unos cuantos quetzales.
La vida le pesaba como si la hubiera usado entera para tejer el cerro... y el cerro al que estaba atado, que siempre tejió su vida de indio, le pesaba mucho más.
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